Los dramas del triatleta popular

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Siempre he dicho que esto de ser triatleta (de los de andar por casa, de los grupos de edad) es una puñeta. Se habla mucho de los sacrificios que tenemos que hacer, que si hay que hacer malabares para compatibilizar trabajo, familia y entrenamiento, que si los dorsales son caros.

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Pero poco se habla de nuestro modelo de vida y de los pequeños dramas que sufrimos en nuestro día a día. Yo siempre digo -y por el momento nadie me ha llevado la contraria, así que algo de razón tendré- que el triatlón (de larga distancia, en mi caso) te obliga a llevar la vida de un deportista de élite para simplemente quedar en el puesto 600 de un ironman o un half. Vamos, que tenemos todos sus sacrificios y ni uno de sus laureles.

Aquí van algunos dramas con los que me he encontrado en los últimos años:

Eres capaz de nadar 3,8kms, pedalear 180 y correr 42 seguidos pero tienes que pararte en el descansillo para subir veinte escaleras.

Mi mujer se descojona conmigo. Me ve salir a entrenar un día y ser capaz de hacer una tirada de 30 kms de carrera a pie a ritmo medio de 4’55”, llegar exultante a casa y sentarme en el sofá como si nada, pero luego sale conmigo de paseo y tiene que irme arrastrándome “porque voy muy lento”. Y lo de las escaleras es cierto. Cada día, cuando dejo el coche en el parking de la oficina, tengo que pararme a medio camino de las escaleras para coger resuello. Y es que hay una cosa que es cierto: los triatletas vivimos cansados. 

No recuerdas las últimas vacaciones que cogiste sin pensar en que coincidían con éste o aquel triatlón.

Este año me voy de vacaciones a Alemania. Quería haber ido a Argentina, pero no, mi doña y yo nos vamos a las tierras de la Merkel. ¿Por qué? Porque participo en el Ironman de Frankfurt, y ya que estamos, claro, aprovechamos. Y el año pasado visité Los Pirineos, Oporto y Florencia… para competir. Y es que llega un momento en el que como dice mi amiga Ana García, vives en clave de triatlón y pierdes completamente el norte.

La culpabilidad del donut de chocolate

Carga de hidratos, proteínas a medio día, paleodieta, qué frutas comer y cuáles no, que si plátanos o geles en carrera… Trabajamos de banqueros, periodistas, farmacéuticos, albañiles o mecánicos pero en el fondo todos somos expertos en nutrición y llevamos una pauta alimenticia espartana a lo largo de toda la temporada. Y pese a que nos hicimos triatletas como hobbie, sufrimos un profundo sentimiento de culpabilidad si un viernes por la noche nos tomamos un par de copas con nuestros amigos o si nos ziscamos un donut de chocolate el martes por la mañana, en el almuerzo. No, es que esta tarde tengo tirada larga y quiero ir bien de estómago.

¡Por dios, quiero comerme un donut sin sentirme culpable!

No recuerdas cuándo fue el último sábado que te quedaste en la cama hasta las doce del mediodía

Estoy escribiendo este artículo a las seis y cuarto de la mañana. En veinte minutos, más o menos, me iré a correr una hora y cuarto, y a las nueve estaré en la puerta del gimnasio, junto a las hordas de jubilados, esperando a que abran y pillar el carril rápido de la piscina.

Y hoy es sábado. Y lo peor de todo es que los sábados y los domingos tengo quitada la alarma del móvil, pero da igual. Ya nuestros cuerpos están preparados como máquinas de precisión para abrir los ojos a la misma hora que entre semana. Y si intentamos quedarnos en la cama, lo que toda la vida ha sido remolonear, no podemos. Una fuerza sobrehumana nos hace levantarnos y hacer cosas. Porque somos triatletas y no podemos quedarnos en la cama.

Y claro, quedarse en la cama es un drama.

imagen de portada de www.sportlife.es

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About Author

Diego Rodriguez

Valladolid, 1978. Entrenador Nacional de Triatlón, orgulloso miembro del Cerdanyola CH y apasionado de la larga distancia. Si pudiera estar compitiendo cada domingo, lo haría.