Las expectativas: Querer que pase, o miedo a que no pase…

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Hablamos mucho de expectativas y de la necesidad de ajustarlas para no frustrarnos. Pero, ¿qué son las expectativas? ¿De dónde vienen?

Nos marcamos objetivos como fuente de motivación, metas que nos permitan mejorar y acercarnos a lo deseado y que, si están bien establecidos, no deberían suponernos presión.

Ah, ¿no? No, los objetivos nos centran en el presente, mientras que esta presión surge de las expectativas, centradas en los resultados y el futuro, es decir, más relacionadas con el miedo al fracaso.  Quizás sea algo inconsciente, ya que tu cabeza puede que te diga “no, si yo lo que quiero es llegar a …, o que sea…. “, mientras yo te pregunto si es eso lo que deseas o realmente es no vivir lo que sucedería si no llegaras a…

Es desde las expectativas que nos preguntamos “¿Será un éxito o un fracaso? ¿Me aplaudirán? ¿Me respetarán? ¿Volveré a lesionarme?”

Posicionarnos en la NO expectativa, es decir, “veamos qué sucede”, enfocándonos en lo que conocemos, en lo que sí sucede, en aquello a lo que los objetivos nos llevan, seguramente obtengamos una emoción agradable. Mientras que, de otro modo, puede ser decepcionante.


Estas expectativas son, en primer lugar, sociales y nacen en el ambiente. En la infancia, las sutiles (o no tanto) presiones percibidas, primero por lo que nuestras familias esperan de nosotr@s “serás una gran nadadora, qué orgullosos estamos”, luego por entrenador@s “eres una pieza clave, puedes llevarnos a la primera posición”, clubs “sabemos que puedes ganar mucho dinero, apostamos por ti”, amig@s “, siempre lo consigues, esta me la dedicas”, etc. Por las que acabamos desarrollando el miedo al fallo.

Bien por querer agradar… y por lo tanto no decepcionar, o bien por miedo a las consecuencias ya conocidas cuando no “hemos cumplido” vamos gestando el perfeccionismo y rigidez que nos distorsionan la autoevaluación que hacemos de nosotr@s mism@s. Nos pondremos estándares muy altos, nada es suficientemente bueno, y creeremos que el mundo espera de nosotros mucho más.

El deporte, sobretodo el de competición, es una exhibición hacia el entorno. Volcamos en el rendimiento nuestra valía personal, cuando realmente, son independientes. Pero sucede y se refuerza cada vez que no entendemos un avance como un éxito y no nos lo reconocemos o minusvaloramos, cuando nuestros semejantes y referentes apenas destacan tanto nuestra evolución y nuestros éxitos como nuestros fallos.

Valoración social de la que nos hacemos dependientes y creemos como propia, “necesitamos demostrarnos” “soy mi peor enemigo”.


Pero el perfeccionismo, nos lleva a hacer las cosas bien, ¿no?  El problema es la rigidez de la creencia con que lo sostenemos. Esta cara negativa, acaba desprestigiando la lucha por la excelencia por el miedo e intolerancia para lo que no conseguimos.

Atletas con este perfeccionismo negativo dirigen sus objetivos a evitar el fracaso, motivación muy diferente a la búsqueda de mejoras, y que se convierte en un lastre.

Aquí es donde vendrá la rabia cuando no conseguimos lo que esperábamos, el desgaste, las culpas hacia lo exterior, las excusas para no enfrentarnos, etc. Lo necesario para evitar culparnos por nos conseguir lo que teníamos que conseguir.


Un último apunte. Estas expectativas puede que empezaran en el deporte, o no, puede que fueran sobre nuestros comportamientos, sobre lo que debemos ser y hacer en la vida. Expectativas que puede que, cuando las circunstancias reales y el presente no se corresponden con lo inculcado, nos llevan a una insatisfacción personal.

Y, ¿adivina qué? El deporte es aquel gran aliado donde ponemos esas grandes expectativas que sí nos llevaran a triunfar en un ámbito de nuestra vida, a sentirnos admirados, ver que podemos lograrlo…

Una vez más, marca objetivos de proceso, que te permitan experimentar y progresar, focalízate en lo que sabes y busca una actitud donde dejarte sorprender. Así, quédate con esa parte que te permita perfeccionar, sin rigidez, admirando cada progreso.

 

 

 

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About Author

Raquel del Águila

Raquel del Águila, 1986. Licenciada en psicología por la UAB y coach especializada en deporte. Monitora deportiva y triatleta de media y larga distancia.