Foto: Massimiliano Minocri
Jóvenes sospechosamente abatidos y cansados llenan el tren que, a muy primera hora, cojo dirección Barcelona. “Así es como vas a acabar tú dentro de unas horas”, pienso. Una noche en blanco llena de nervios no es la mejor manera de prepararse a pocas horas de la salida. De afrontar por primera vez la mítica distancia de Filipides. Pero es lo que hay. Quien dictará justicia será todo el entrenamiento acumulado durante meses, paso a paso, metro a metro.
Rookie. Lo soy, cuando empiezo a correr dirección al Camp Nou. Prudencia, moderación y mucha paciencia. Esto es largo y la carrera empieza en el kilómetro 30, así que mientras tanto no debo ni cansarme. Fácil de decir, claro. Surgen dudas cuando se acercan los primeros avituallamientos. ¿Cojo agua? ¿Plátano? ¿Abro un gel? ¿Manzana o fresa?
Turista. Así me siento mientras vamos pasando los kilómetros. Disfrutamos de la Pedrera y quedamos impactados por la Sagrada Familia antes de dirigirnos a la Meridiana, una zona menos céntrica que me daba especial pereza (perdonad vecinos). Uno de esos momentos en que, si tienes la suerte de evadir la mente por un rato, el cuerpo (y la mente) lo agradecen. En mi caso, la visita de un amigo y la charla correspondiente me permiten dejar atrás la avenida con buenas sensaciones.
Maratoniano. Inevitablemente llegamos al Litoral. Esos pocos kilómetros que recuerdan a otras carreras (Media Barcelona, Cursa dels Nassos) aunque con el cuerpo más maltrecho. Es en ese momento cuando siento, más que nunca, que estoy corriendo una maratón. Cuerpo semivacío y piernas fatigadas. Todo cuadra. Los avituallamientos parece que ya sirven de poco. ¿Cojo agua? ¿Plátano? ¿Abro un gel? ¿Manzana o fresa? Las mismas preguntas que al principio.
Emocionado. Aumenta el número de espectadores en las calles de Barcelona y aumenta (más si cabe) la fatiga. El paso por Arc de Triomf es memorable y el pasillo que crea el público camino a Plaça Catalunya, reconfortante para un corredor que ya no sabe de tácticas. La única táctica posible, la de dar un paso tras otro con la mirada al frente. Con el piloto automático puesto. y así, media hora después, cruzo la meta de l’Avinguda Maria Cristina. Un sueño cumplido, un cuerpo que reparar y muchas personas a las que abrazar y agradecer su apoyo.
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