Publicidad

Abandono. Es una palabra que no existe en el diccionario de los triatletas. Somos hombres y mujeres de hierro. No nos detiene nada, ni nadie. O no nos debería detener. Después de horas luchando contra el crono y contra las adversidades, llega el momento tan deseado: cruzar la línea de meta luciendo una enorme sonrisa de satisfacción por lo que acabamos de lograr.

El acto de abandonar en una carrera puede llegar a ser doloroso. Doloroso para los profesionales, que se juegan el pan; traumático para los aficionados, que nos jugamos nuestra felicidad.

Después de meses de continuos sacrificios, de combinar duros entrenamientos y dobles sesiones con el trabajo y la familia, después de acumular falta de sueño día tras día, llega el momento de la verdad. De salir a disfrutar y darlo todo para demostrar que las  series en las pista de atletismo, en el agua y en la bici han servido de algo. Pero por motivos ajenos, sean mecánicos o físicos, la cosa se tuerce y un día te ves obligado a abandonar.

El dolor y el desánimo van relacionados con la distancia en la que compitas. No es lo mismo abandonar en un triatlón sprint que en un half o Ironman. El dinero, las horas de entrenamiento y la ilusión que invertimos en larga distancia es tanto que si llega el momento de poner el pie en el suelo, de hincar la rodilla, el trauma es mayor.

Publicidad

Pero qué nos pasa por la cabeza cuando nos vemos obligados a terminar la competición antes de llegar a meta? Los sentimientos pueden ser distintos en función de si el motivo de la retirada es por problemas mecánicos o por problemas físicos. El primero jode, pero el segundo jode mucho más. Frustración, tristeza, desilusión se mezclan irreparablemente en nuestras mentes siempre (o hasta la fecha) fuertes y positivas. Desilusión por un reto no conseguido. No hemos llegado a meta. No hemos logrado nuestro principal objetivo. No competimos para llegar en el primer puesto. Competimos para llegar y de la mejor manera posible. Si estamos delante de nuestros compañeros, mejor. Pero el sueño que tenemos entre ceja y ceja durante los últimos meses, el objetivo que nos motiva para dejarnos la piel en el tartán después de un día horrible en el trabajo, de golpe se trunca. Adiós. Se acabó. The End. Rabia, impotencia. No hemos podido controlar nuestro cuerpo. Hemos estado unas horas luchando contra el y intentándolo engañar con la mente, pero él ha salido vencedor de esta frustrante batalla.

En mi corta vida en el triatlón me he visto obligado a abandonar en dos ocasiones. En el Half Challange de Calella y en la meca de las triatlones, Zarautz. Son los momentos más tristes que recuerdo de mi vida deportiva. Quizás porqué eran los retos que más ilusión me hacían. La cabreada es doble.

Calella 2013. Es mi segundo half. Llevo siete meses preparándolo a conciencia. Entrenamientos durísimos. Dobles sesiones cuatro días a la semana. Y con una media de sueño de 5-6 horas diarias. Pero llego fino al día D. Una natación regular pero un principio de bici bastante bueno. Tengo ganas de regresar a Calella a correr ante mi mujer y mi madre que me vienen a ver. Pero en el km 45 todo se trunca cuando en medio de las montañas del Montseny se me raja la cubierta del neumático y me quedo allí tirado. Dos horas esperando al coche escoba. Dos horas triste y decepcionado. Solo en la montaña. Cuatro horas más tarde llego a Calella después de cambiar de coche tres veces. Me dejan a 2 km de boxes. Voy calzado con los zapatos de bici. Me los quito y empiezo a correr. Descalzo. Llego a boxes, me calzo las zapas de running y me voy directo a meta. 3 kilómetros más. No son les 21 que me tocan pero tengo ganas de pasar bajo el arco de meta. Es mi primer abandono. El cabreo es monumental y me dura una semana. Pero mi entrenador en ese momento, Miquel Blanchart, me anima regalándome su camiseta de finisher del IM de Lanzarote donde acababa de terminar en segunda posición. Detallazo.

El segundo abandono es más reciente. Zarautz 2015. El día amanece gris. Triste. El cielo está a punto de llorar lágrimas de rabia y dolor. Antes de empezar el triatlón empieza una lluvia que no nos abandonaría. Después de 50 minutos sumergido en el agua del Cantábrico hago la transición y empiezan los 82 km de ruta bajo una lluvia intermitente. En ocasiones tormenta. Xiri miri para los vascos, chaparrón para mi. Hay un momento en que los coches se ven obligados a parar porqué no ven nada. Y nosotros encima de la bici en mallas y con un top sin mangas. El frío y la lluvia van calando en mi cuerpo, cada vez más maltrecho. Voy aguantando lo que puedo. Pero en la segunda vuelta todo empieza a cambiar. Aparecen los primeros temblores en los brazos y en las piernas. En las bajadas (que son relativamente suaves) me cuesta controlar la bici. No tengo tacto en los dedos para apretar los frenos y me cuesta mucho cambiar de marcha. Pero me resisto a abandonar. Mi cabeza lucha contra mi cuerpo y le pide un poco más. Venga, que quedan menos km, que ya estás a la mitad. Pero el frío sigue calando en mi interior y los calambres son cada vez más intensos. Mi cabeza va restando quilómetros hasta que de golpe hace clic. Deja de funcionar. Se cansa de luchar. Demasiados corredores me han avanzado. Paso por segunda vez por Zarautz. No tengo golpe de pedal. Estoy desencajado. He perdido la ilusión de seguir luchando. Me quedan 20 km para terminar el recorrido de bicicleta. Me detengo delante de una ambulancia a hacer pis y para que me abriguen un poco. El enfermero ve que tengo calambres y frío, y me dice que estoy pillando una hipotermia. Dudo si continuar. Yo quiero ser finisher pero el cuerpo no va acorde con mi ilusión. Todavía me queda el muro de Aia y una bajada rápida. Me dice que si no controlo la bici en llano, allí me puedo pegar un buen ostión. Me retiro. Entro en la ambulancia y lloro en silencio sin derramar lágrimas, mientras me tapan con tres mantas y me ponen la calefacción. Por la cabeza me pasa todo el esfuerzo invertido estos últimos meses, la ilusión de un fin de semana que parecía ideal. Me jode no poder terminar una carrera de referencia, me da vergüenza salir a la calle y ver a todos los finisher y que yo no lo haya logrado.  Pero después, con la cabeza fría, veo, o me hacen ver, que he hecho lo correcto. La vida continúa. No soy profesional del triatlón. Mañana tengo que volver a trabajar y quiero estar sano con mi familia.

Por suerte la tristeza que nos producen abandonos dura poco. Somos hombres y mujeres de hierro. Si caemos, nos volvemos a levantar. Hay más retos para lograr. No nos vamos a detener por un mal día o por un infortunio. Somos triatle@s y nunca abandonamos nuestros sueños.

imagen portada biestmilch.com

Comentarios

comentarios

Publicidad