Todos en esta vida tenemos la necesidad de pertenecer a un grupo, sea del tipo que sea. Y si no mirad Vicky Larraz, dónde ha terminado desde que dejó Olé olé, disfrazándose en Tu cara me suena. Y es que un grupo te da seguridad, te apoya, te anima, limpia, fija y da esplendor. A mí me pasa con el Cerdanyola CH, mi club de triatlón. Hace exactamente un año y un día me marché de Barcelona para no volver (¿el tren de la mañana llega ya sin él?) y allende voy, pese a la distancia, luzco con orgullo el trimono verdinegro. Así que hace unos meses, cuando todos empezaron a apuntarse en tropel al Ironman de Barcelona lo tenía bien claro: Yo tenía que estar allí.

Y lo divertido era que fuese una sorpresa, que no se enterase nadie salvo tres afortunados (oye, que bocachancla soy un rato), y aguantarme las ganas hasta llegar a Calella y que el Ironman estuviese calentico calentico. Era una especie de homenaje hacia ellos, no me preguntéis por qué. Quería ver las caras de la gente de “qué coños hace este chaval aquí”. Y lo conseguí, porque se enteraron exactamente el sábado, cogiendo los dorsales. Imaginad la honda y profunda satisfacción. 🙂

A partir de ahí, ya comenzaba realmente la prueba; tocaba ponerse serios. Siete personas que los últimos meses nos habíamos dejado la piel entrenando, renunciando a muchas cosas, estábamos a pocas horas de enfrentarnos a la madre de todas las pruebas, the mother of the courses. Yo reconozco que soy bastante dejado y me tomo las cosas con una desidia absoluta, pero entiendo que hacer una larga distancia es un compromiso muy grande, sobre todo para un debut. En el caso del Cerdanyola CH, cuatro inconscientes pasaban por el trago de ser primerizos. Y luego, que esa es otra, cada uno asume esas últimas horas de manera distinta: los callados están más callados, los que no paran de hablar son más habladores todavía, los que decimos chorradas somos peor que un capítulo de Gin Tonic…

Por si alguna vez leéis esta crónica cuando estáis planificando hacer el Ironman de Barcelona: Calella es un pueblo precioso, pero meter a diez mil personas donde habitualmente viven tres mil tiene muchos inconvenientes, sobre todo a la hora de buscar restaurante para comer. A nosotros nos pasó el sábado tanto a mediodía como en la cena, teniendo que esperar hora y media en ambos casos. La gente en todos los locales está desbordada y es una odisea hacer una ingesta alimenticia decente. Así que mi recomendación es clara: u hotel, independientemente de la calidad que sea, o comida en el apartamento, aunque toque cocinar. Que si no luego os toca cenar a las once de la noche una pizza de chorizo picante. Y claro, luego pasa lo que pasa.

El domingo amanecí a las seis y veinte de la mañana. Ni mi despertador ni el de Txema habían sonado, así que suerte que soy de sueño flojo, que si no a las nueve de la mañana seguíamos ahí, ricamente. Desayuno tranquilo, tortilla de dos huevos, un plátano, unas nueces, pechuga de pavo, una barrita energética, mis dos buenos vasos de agua… Y empiezo a ponerme nervioso cuando me doy cuenta de que Txema lleva veinte minutos en el servicio. ¿Le habrá pasado algo? Ah, no, espera, que es que se está afeitando. Lo típico que haces el día de un ironman.

diego ironman barcelonaA las siete y veinte estamos en boxes y empezamos a encontrarnos con la gente. Fotos, bromas, comentarios, recomendaciones, tácticas de última hora… Vamos, lo típico, no os descubro nada. El día es cojonudo. No hay viento, y comienza a despejar el cielo. No tenemos el diluvio universal, como en la edición del año pasado. A las ocho y media empieza la ardua tarea de embutirse en el neopreno. Estar gordito es lo que tiene. Repaso los últimos meses. Pese a los kilos de más me encuentro bien. He entrenado bien la bici y creo que la carrera a pie que llevo encima es suficiente para acabar el maratón con dignidad. De la natación… mejor no hablar. Tras el Ironman de Frankfurt, me lo he tomado con mucha calma.

Pero eh, que yo he vendido a todos la moto de que vengo a disfrutar, así que a disfrutar, de la manera que sea.

La rolling swim start es un invento cojonudo. Te evita las salidas en tropel y te ahorra mucho agobio y patadas. El mar parece que está tranquilo, pero es mentira. Hay una corriente del copón, y ya en las primeras brazadas trago agua como si no hubiera mañana. Arreglo el problema del deshielo en cinco minutitos. Y braceo. Y braceo. Y oye, que bien, parece que bien. No me preocupa en absoluto el tiempo del segmento, aunque creo que con 1h20′, siete minutos peor que el año pasado, me conformo.

El recorrido es distinto al del año pasado, con más giros y se hace más ameno, aunque con la corriente que hay es un poco de locura y me toca para un par de veces para buscar las boyas (todo hay que decir que los de la franquicia en esto son unos putos cracks y tienes puntos de referencia en todo momento). Los últimos trescientos metros, como siempre, se me hacen duros. Pero ya está. Salgo del agua en 1h17′. Teniendo en cuenta que el año pasado el mar era una piscina, perfecto.

Ahora a por la bici. Empiezo a pedalear y me veo bien, en el tramo del pueblo me cruzo con gente que ha venido a verme (incluso desde Lleida) y me crezco. Joder, que estoy haciendo otro Ironman. ¡Vamos, barbas! 140 pulsaciones. La verdad es que llevo todo el verano dándole a las dos ruedas y creo que puedo mejorar mucho con respecto al año pasado. Salimos a la carretera nacional y… bienvenidos a la Cicloturista de Barcelona. Un tráfico acojonante. No voy a entrar a valorar el tema del drafting, ya hay mogollón de gente poniendo la voz en grito, diciendo que es una vergüenza. Ni me compete, ni la verdad, me interesa. Solo diré que para mí el drafting es como sacarse los mocos en un semáforo: a todos nos da asco ver a los demás hacerlo, pero si lo hacemos nosotros en un momento dado pensamos que tampoco es tan grave.

Así que relax, don’t do it.

Yo el domingo fui en grupo varios momentos, no me duele reconocerlo. Intenté no estar nunca a rueda de nadie, pero los grupos se montan: hay muchos momentos en los que se estrecha la carretera y la gente vamos a lo nuestro. Y dicho ésto, ni yo pensaba acelerar para ponerme primero, porque me subía de pulsaciones, ni iba a bajar y perder el buen ritmo que llevaba. Y supongo que en esas estábamos todas. Otra cosa es aprovecharte conscientemente del rebufo. Caraduras y sinvergüenzas hay siempre. Aprovecho para mandar un fuerte abrazo al dorsal 2499, Frederik, francés, que durante veinte minutos decidió que ir pegadito a mí era lo mejor para completar un ironman.

Pero eh, que cada uno se engañe como quiera.

En fin. Pasan los kilómetros y pasa la vida y como de mis barritas y bebo agua e iso y plátano y me planto en el kilómetro 160 en 4h53′. Buh. Para mí, eso es ir muy rápido, un éxito. Y de pronto empieza el viento, ese que no ha habido en todo el día, dándome de cara. Y paso de ir tranquilamente a 33kms/h, a 27 a duras penas. Y claro, con las piernas como dos vigas de hierro. Así que me desmoralizo un poco. Ay madre, que se me acaban las baterías. Hasta en la vuelta a Calella, en las rampas, tengo que meter plato pequeño. Vaya. El trabajo de las últimas cinco horas, al traste. Arrugo la cara, y me despisto un poco. Y me entra sueño. Empiezo a bostezar. Sí, a bostezar. Pero mogollón, rollo morsa. Hasta en algún momento, cierro instintivamente los ojos. Problemón. Y reviso el fin de semana. El viernes dormí mal, y el sábado no paramos de andar de un lado para otro, y dormí en una cama que no es la mía, y di muchas vueltas. Y claro, me falta la siesta. Así que decido que en cuanto llegue a boxes, me paro en la zona de bolsas a echar una cabezadita. Con dos cojones.

Llego. En 5h40′. Eh, pues bien, quince minutos mejor que el año pasado. Dejo la bici, le doy una palmadita al asiento, te has portado de puta madre, chavala, y tiro para boxes. Me quito las zapas, me siento un poco, valoro fríamente lo de dormir (lo digo completamente en serio, eh), y decido que no. Me tomo la transición con calma, eso sí, pero descarto tumbarme. Principalmente porque en cuanto me echase sobre uno de los bancos, vendría uno de los voluntarios todo acojonao, ay dios que a éste le ha dado un jamacuco. Así que no. Salgo a correr. Y salgo bien, con cadencia. Es día de hacer MMP. Por fin, joder.

Nada más salir me encuentro con mi amigo Albert y Raquel, que han venido a animarme. Subidón. En el kilómetro dos, toda la tropa del club. Es tremendo. ¿Cuánta gente hay ahí? Buah, los pelos como escarpias. Toni Herena me ofrece donettes (soy adicto, por si no lo sabíais), pero no me da tiempo a cogerlo. Para la siguiente vuelta.diego meta

En el kilómetro siete comienza el Maratón des Sables: Un tramo de tres kilómetros, allá, en medio de la nada, donde apenas hay gente animando, ni nada atractivo, el horror. Y habrá que pasar por allí otras tres veces, copón. El ritmo va bajando, me cisco un gel y recupero fuerzas, y vuelvo a trotar bien. He puesto el reloj en modo general, de tal manera que me informa del tiempo total de carrera que llevo. Nueve horas. Tengo casi tres horas para hacer treinta kilómetros. Malo será que no mejore mi marca, ¿no?

Pero entonces empiezan los calambres. En el brazo (supongo que de ir acoplado), en los gemelos, en el cuádriceps derecho… Soy el Nikola Tesla del siglo XXI. Me planto de nuevo en la zona donde está la gente del club. Alex Pla me hace la gracia de ofrecerme su croissant de chocolate… Y se queda sin croissant de chocolate. Hala.

Voy saludando a toda la gente. Vamos Diego, vamos que vas muy bien, welldone, bravo, congrats, venga ahí, su tabaco gracias, y yo levanto el pulgar y trato de sonreír. Me voy quedando sin fuerzas poco a poco, y al llegar al 27, allí, a tomar por culo de lejos, veo que uhm, que es buen momento para andar. Y Raúl Caroz, compañero del club, que va ya para su última vuelta, se me junta a trote. Y digo que qué coños, que voy un rato con él, que le acompaño, que quiero verle entrar en la alfombra. Y tiro de él y me veo con ganas, hasta el 41, que él se ve con más ganas todavía y pega un arreón que ni Mo Farah, y me quedo allí, en medio del gentío, con pucheros, triste y apenado. Voy en mínimos, me siento vacío, y empiezo a pensar que es mi último ironman en una larga temporada, que tengo que asumir muchas cosas, analizar… Vamos, que me entra la depresión del finisher antes de haber acabado. Y vuelvo a bostezar. Y es de noche. Y me pongo a andar. Y me lo tomo con calma. Corriendo iba ya muy lento (a 7kms/h), y hacer MMP no va a ser posible, así que paso de sufrimientos. Quiero disfrutar del final, saborearlo, intentar que quede en mi memoria mucho tiempo. Y entro en las tribunas. Ya está, hecho. Alfombra roja, gente gritando, el pantallón, miro a izquierda y derecha, saludo al speaker, camino lo más lento posible. Y busco a mi gente. Pienso en Judit. Está a 700 kilómetros, pero la tengo ahí, gritando como la que más, seguro. Albert, Raquel, y todos los que llevan el chándal verdinegro me saludan enfervorecidos. Los pelos como escarpias. Copón, cuánto les echo de menos. Y me pongo delante del fotógrafo, jodiéndole la foto a todos los que entran como balas detrás de mí (que tendrán prisa, digo yo), y saludo. Y paso la meta donde está el bueno de Gonzalo Marchena para ponerme la medalla. Joder, él, no había otro: la última que faltaba para hacer de esa entrada la más emotiva que he vivido en mucho tiempo.

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