Foto: Delly Carr/ITU
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Días de Juegos Olímpicos  y un tema recurrente: la presión deportiva por el éxito, por dar la talla, por llevarse una medalla. Un tema tan importante por lo que supone, un factor psicológico que puede determinar el factor conductual y físico. Y por lo tanto, el resultado.

A los campeones se nos caracteriza por saber gestionar la presión en momentos difíciles y no fallar por ello” – Samuel Sánchez.

Pero no solo eso, este tipo de presión puede afectar un juego, hablando a corto plazo. Pero ¿cuáles son los efectos de la presión deportiva a largo plazo?

La fuerte presión que sienten muchos atletas (y triatletas), olímpicos, profesionales, amateurs e incluso jóvenes que se inician, cuando no se trabaja psicológicamente, se canaliza o se frena a tiempo, acabará desembocando en el conocido burnout y consecuente dropout (abandono).

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La media de edad de los participantes en estos Juegos es, según el servicio de documentación de la organización, 26 años. Concretamente, los atletas participantes en Rio 2016 van de 13 a 62 años. La persona de 62 años podríamos decir que posiblemente este no ha sido un problema.

Pero ¿qué pasa con los que empiezan en esos 13 años? ¿Se mantendrán en la competición? ¿Continuarán practicando su deporte? ¿Abandonarán el deporte y todo lo que les rodea? Trabajar desde el deporte base y de iniciación, y sobretodo con aquellos niños que están en las puertas de la élite, para manejar la presión y prevenir el burnout debe ser un punto clave en todo programa de entrenamiento.

Si pensamos en un joven atleta que debe compaginar largas y duras horas de entreno con sus estudios (que a veces también deben dejar de lado), abandonando parte de su infancia o juventud, podemos darnos cuenta de la presión que debe suponer ese estilo de vida, vemos comprensible que requiera un psicólogo deportivo, que al cabo de un tiempo quizás necesite desconectar e incluso decida dejar tempranamente de competir.

Míriam Casillas ha competido al máximo nivel mientras estudiaba medicina
Míriam Casillas ha competido al máximo nivel mientras estudiaba medicina

Pero si pensamos en el triatlón base, niños que supuestamente practican deporte y compiten sólo por diversión… O si pensamos en el triatlón amateur, adultos que entrenan y compiten como hobby, muy lejos de la élite o de vivir de esa práctica, quizás nos cueste más comprender de dónde viene la presión o la minusvaloremos.

Son muchas las razones para sentir esa presión, la autoimpuesta, que la sentimos por querer superarnos, por sentirnos válidos y mostrar al mundo que también valemos, que somos más fuertes o mejores que…. Por impresionar a nuestra familia, amigos o pareja.

La que sentimos por querer llevar mil cosas a la vez, por llenar nuestras vidas con un pedacito de varias cosas que nos aportan felicidad. Por el esfuerzo y recursos invertidos, etc.

Presión que finalmente pesa y quema cuando todo lo focalizamos en un resultado, en una prueba, en una marca. Lo que parece lógico y necesario, enfocarnos en una meta que nos motiva, puede volverse contra nosotros. ¿Dónde debemos apuntar, entonces?

Formular un buen objetivo es una tarea que requiere tiempo y conciencia, pero no solo eso, sino que una vez lo tenemos, la fuerza debe recaer en un o unos buenos “objetivos de proceso”, es decir, aquellos que me aseguran que el objetivo depende de mí, aquellos que me indican concretamente qué debo hacer y cómo, que me indican si voy por el buen camino o como corregirlo.

Un ejemplo: 1.Mantener el codo por encima de la línea del hombro durante la brazada. 2. Conseguir entre X y X brazadas por minuto. 3- Nadar en X el 100 en una distancia de X. 4. Aguantar X ritmo durante X minutos para posicionarme con relación a X. 5. Etc.

Una perspectiva de nos guía y nos acerca al éxito (en primer lugar nuestro éxito personal) de forma asegurada, que nos permite mantener una motivación diaria, que le da sentido a lo que hacemos. Fijarse en el proceso nos permite disfrutar del camino a la ansiada competición a la que estamos apuntados, minimizando emociones negativas.

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