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Carles Pinyol – Sigo el mundo del triatlón desde hace años, pero no como participante. Así que tranquilos, este artículo no es una sufrida crónica desde el dorsal. He vivido muchos Ironman por mi condición de mecánico de bicis y de transportista a las principales pruebas del continente de vuestras delicadas, aerodinámicas y seductoras máquinas.

Por designios del azar, los amigos a quienes he seguido en los triatlones de larga distancia son de los que van delante. Esto explica que mi experiencia como espectador durante mucho tiempo se haya limitado a ver las transiciones de los primeros para, acto seguido, trasladarme al bar de turno a desayunar y tomar un café. Porque os aseguro que un Ironman, visto desde fuera, es más largo que Lo que el viento se llevó a cámara lenta.

Tridecarca_half_036Sin embargo, en el IM de Mallorca mis amigos estaban repartidos por toda la carrera, y por esto tuve ocasión de contemplar como las rápidas y espectaculares transiciones de los profesionales dejaban paso a otro tipo de curiosas acciones, a medida que triatletas cada vez más populares irrumpían en el área de transición. Y, creedme, en muchos casos lo que vi desafía cualquier lógica. De modo que, movido sobre todo por la estupefacción, decidí escribir estas líneas.

El mundo debe saber que en la T1 del IM de Mallorca 2014 vi un presunto hombre de hierro empujando una bici preciosa, todo él perfectamente ataviado con su tritraje de licra ajustada, la cabeza adornada con un casco aerodinámico de 200 euros y… ¡con una mochilita no precisamente pequeña a la espalda! Daba ganas de agarrarlo por el brazo y decirle: “ven aquí, campeón, vamos a ver si aclaramos un poco el concepto ‘aerodinámica’…”

También presencié momentos de verdadero lío. Por ejemplo, el que originó un triatleta circulando por el área de transición en dirección contraria. Pero hijo mío, ¿no miraste donde estaban la entrada y la salida ayer por la tarde, cuando hiciste el check in y estuviste casi dos horas en boxes charlando, haciéndote selfies y husmeando en las bicis de los demás para ver que grupos y qué ruedas montan, y qué accesorios llevan?

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Otras situaciones “delicadas”  son las originadas por los obsesos de los parciales, que en lugar de esforzarse en realizar una transición rápida que les permita despegar montados en la bici con la mayor presteza posible, solo piensan en apretar los botoncitos del cronómetro, se pelean con el gps al que no dan tiempo de localizar los satélites y no prestan atención a lo que les rodea, hasta el punto que envisten al triatleta que tienen delante, que en muchos casos es otro descentrado con las mismas absurdas preocupaciones que él.

Otro momento Ironman que no voy a perderme nunca más es el que se vive junto a la línea en la que los triatletas se montan en sus bicicletas. ¿Cómo lo hacen? Pues de varias maneras.

Unos utilizan la técnica que yo llamo “de patinador”: apoyan un pie en el pedal, cogen un primer impulso y, con la bici ya en movimiento, pasan la otra pierna por encima del sillín para llevarla al pedal que le corresponde. Una técnica eficaz y de ejecución relativamente fácil, si no fuera por el detalle de que algunos no encuentran la flexibilidad necesaria después de haber nadado, o no tienen en cuenta la presencia de los bidones dispuestos detrás del sillín en el flamante X-Lab… Entonces ocurre que la pierna no pasa al primer intento, ni al segundo y el triatleta se ve obligado a detenerse para subirse al la bici como una abuelita. También puede suceder que, del patadón, alguno de aquellos bidones cargados de pura energía líquida salte por los aires…

Los más osados, a mi modesto entender, son aquéllos que, empapados de vídeos de Copa del Mundo, intentan subirse a la bici de un salto… ¡hop! ¡Como si fuera un caballo! Pero está claro que un sillín de bici es mucho más pequeño que una montura de caballo. Y sobre todo es más estrechito, por lo que un aterrizaje con los bajos de la persona entrando en contacto violentamente con una superficie tan poco hospitalaria puede llegar a doler mucho, creo intuir. Gracias a Dios, la mayor parte no logra sentarse así en la bici.

Finalmente están los que se lo toman con calma y ponen el freno de mano en medio del río de bicicletas, miran pausadamente los pedales, hacen puntería con la punta de la cala, así, sin prisas. Y yo me pregunto, ¿si sabes que no vas montarte a la bici en marcha, es necesario llevar las zapatillas atadas con gomas de pollo? Ahora mismo, si yo fuera tu novia, la de mirada hirviente que está a mi lado sacándote fotos, dudaría de un individuo tan poco coherente…

Sin embargo, salir corriendo con las zapatillas desde dentro de la carpa tampoco es garantía absoluta de seguridad. Me produjo un gran desasosiego un triatleta que apareció corriendo a grandes zancadas por el área de transición, conduciendo habilidosamente la bici desde el sillín con una mano y que no se dio cuenta de que el tramo de moqueta se acababa y lo que venía a continuación era un pavimento liso. Sucedió lo que era de prever, es decir, una fulgurante pérdida de la verticalidad (y de la dignidad) del triatleta en cuestión.

BANYOLES_2010_Fer(2)También me llamó la atención el hecho de que muchos triatletas, a los que había visto en la T1 por la mañana con sus bicis supersónicas, las barritas energéticas y los geles sabiamente repartidos por el cuadro, luego en la T2 se paraban a comer un pequeño bocadillo que llevaban… ¡envuelto en papel de aluminio! Sí, la humanidad también aflora a veces en la piel del hombre de hierro.

¿Y qué decir de los que se paran a saludar? ¿Es lógico sudar tanto, correr con el rictus de aquél que está a las puertas de clasificarse para Hawái, para luego, a media carrera, dilapidar un buen paquete de segundos sacándose una selfie con a la novia, con un bebé en brazos o incluso con otros corredores?

Mis apreciaciones quedarían incompletas sin una mención al apartado técnico, que es el que me atañe de forma más directa. Cada fin de semana de triatlón, en cada expedición, son muchos los triatletas me preguntan qué pueden hacer para mejorar su bici. Me preguntan sobre todo tipo de material que vale un pastón, y que ellos empiezan a considerar imprescindible para reducir el peso de la bici y mejorar los tiempos. La idea es muy loable. Ahora bien, ¿entonces qué hacemos con los muñequitos y amuletos varios que se ven en muchas bicis? Merecen una mención aparte los que llevan un cuadro de talla equivocada, generalmente pequeña, presumiblemente por influencia del amigo o vecino que sabe más que los profesionales. Qué le vamos a hacer… Y en esta misma línea están los acoples que obligan a posiciones imposibles: ¡chicos, tenéis que hacer un IM, no el kamasutra! O las lenticulares, ¿para qué va a complicarse la vida con ellas un amateur, con el riesgo de acabar el circuito de bici con las piernas rígidas como la madera? Aunque parezca una obviedad, la comodidad es un aspecto básico en una carrera de larga distancia.

Todo dicho hasta aquí con el respeto de alguien que, como yo, se ve incapaz de hacer una ínfima parte de lo que hacéis los que participáis en un IM, por lo que aprovecho estas líneas para felicitaros efusivamente. Pero, por favor, entrenad las transiciones y preocupaos por llevar los ajustes correctos de la bici. Probablemente no ganaréis, pero seguro que seréis más eficaces e iréis más cómodos.

Foto: http://www.triathlonbusiness.com/

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