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ROSA VILA. Soy madre de un triatleta. Me encanta serlo, pero también sufro. Solo puntualmente, cuando imagino que pone el cuerpo al límite. Más aún después de una hipotermia en Zarautz que le obligó a abandonar. Aquello le dejó un poco tocado, más o menos como cuando suspendía las prácticas del carnet de conducir después de una preparación intensiva.

Secretamente estoy orgullosa de que, en el aspecto deportivo, contribuya a mejorar la especie. Yo sólo había practicado atletismo básico en Mataró, sin uniforme homologado y sin calzado especializado. Eran unos años en que aquí no habían llegado las marcas y  las mallas solo se utilizaban en coreografías. Él, además, también trabaja las categorías ciclistas y natatorias y de rebote las literarias en sus e-crónicas.

Le observo corriendo y me digo que a sus treinta largos no es tan distinto de aquel niño vivo, movido y  espabilado de cuando, una vez saciada su incuestionable hambre, era capaz de cubrir gateando los cien metros lisos por el pasillo del piso, en un tiempo record que ya no recuerdo; ni de aquel chiquillo que corría como una bala comiéndose la pista de básquet solo por unas pocas canastas; ni tampoco de aquel muchacho que iba para periodista deportivo y acabó siéndolo cultural.

Pero como auténtica madre tengo que aceptar que sigo sufriendo, aunque poco y de lejos, pues hace años que ya tiene quien le cuida y acompaña. De todas formas, a mi, como  en la época del básquet infantil, me gusta verlo en plena competición,  ver aquella expresión en la cara y en el cuerpo, entre el dolor y el placer. Pero solo voy cuando me lo insinúa. Lo hago desde el Triatlon de Sant Pol del año pasado, coincidiendo con el día que le di a luz, un 22 de junio, aquel del 78. Un regalo como cualquier otro, ¿no?

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Voy a recogerle a su casa sobre las siete. Pactamos que el conducirá en la ida, no fuera que mi lentitud automovilística le augmente los nervios. Viene con el trimono puesto, el que lleva su nombre de guerra, MarTRI. Le veo muy delgado, demasiado, pero musculado. Sé que entrena mucho, duerme poco y cuida religiosamente su alimentación. Cargamos el material en el coche: la bicicleta de carretera, una bolsa con el calzado correspondiente, el neopreno, las dos gafas (de nadar y de sol), el casco, y otra bolsa con la ropa de recambio…uf!, casi como cuando íbamos de camping. Y los geles de glucosa y las barritas energéticas… esas porquerías legales que una buena madre nunca daría a un hijo con hambre. Sí, ya sé que ayudan (a él y a mi sufrimiento- durante la hora larga en que pondrá a prueba sus capacidades físicas i mentales.

Ya en Sant Pol, observo satisfecha como se prepara: es un ceremonial totalmente nuevo para mi. A continuación se dirige a recoger el dorsal, me da cuatro instrucciones sobre los tempos previstos y entra en boxes, donde deja la bicicleta y lo necesario para después de la natación. Todo previsto. Todo en su sitio para no perder ni un segundo entre prueba y prueba. No me cabe en la cabeza que puedan correr con bambas sin calcetines ¿y si se le hacen  ampollas? Me asegura que en las carreras cortas como ésta, no hay tiempo de calzarse. Yo solo me creo su argumento a medias. Lo miro de lejos a través de la reja, saludando, hablando, riendo con amigos de otras competiciones y me digo que sí, que me gusta que sea así, tan sociable y divertido. Mi madre también lo era. Se viste el neopreno hasta la cintura y se va a la playa. Mar gris, espejo de un cielo nublado por las mil capas  superpuestas del vapor de la noche, que se romperán a medida que el sol empuje hacia arriba. La nota de color la dará la alfombra larga y roja que va de los boxes a la playa: dentro de tanto tono gris, tengo una visión. Imagino que él se dirige dignamente a recoger un Óscar y que yo le voy siguiendo sus pasos de triunfador, a pesar de  sentirme un poco ridícula actuando de madre acompañante. Lo supero cuando le veo tan animado y contento, preparado para nadar, después de salir ileso del agua, haciéndole la foto de rigor, mientras a gritos le animo “molt bé Martí, molt bé! Vas bé, nano!” sin tener ni idea si realmente va bien. Me sonríe satisfecho. Siempre ha necesitado que le valoren los esfuerzos. 

Ahora toca la bicicleta, y a mi me viene el recuerdo de cuando su padre y yo le enseñábamos a pasar de la de tres ruedas a la de dos, y sin casco!  Pero él sigue a su bola sin perder ni un segundo. Coge la bicicleta enfocando los pies en las zapatillas que previamente ha sujetado a las calas del pedal automático con gomas de pollo. Una se le rompe, cosa que seguro le hará perder tiempo y que el zapato vaya golpeando el suelo, clock, clock, mientras no la pierda, pienso…clock, clock. Serán  tres vueltas. Le veo pasar desde una pequeña colina sobre la carretera, entre unos pocos mirones y  ninguna otra madre. Coge una curva difícil, abierta, bien! Me digo. Circula solo. Me ve y me saluda, extrañado de verme allí, a las afueras y no dentro del pueblo, con toda la gente. Después me explicará que no ha encontrado un buen grupo para relevarse, por no sé qué de cortar el viento. O sea, más esfuerzo y peor marca, deduzco. Y yo, que todavía no controlo estas cuestiones técnicas, le sigo animando como si fuera una tri-experta. Cuando acaba la tercera vuelta sobre ruedas, y con la bicicleta todavía en marcha, se medio descalza, como todos hacen, para llegar con el pie sobre la zapatilla. Salta descalzo. O sea ahora ya, ni calcetín ni zapato! Esto se pone interesante. Deja la bici i el casco en el box, se coloca lea otras zapatillas. Y sin calcetines, claro! Le da media vuelta al dorsal y se dispone a iniciar la tercera prueba, activando el botón del star de su reloj-cronómetro. Y pensar que de adolescente no quiso ninguno de los relojes que le regalamos para saber la hora de volver a casa en sus salidas nocturnas!

Me extraña verle salir de boxes con suma tranquilidad, sin prisas. Ay, ay! uy!,  ¿qué le pasará? Cuando después se lo comente, me explicará que lo más duro de las triatlones es el cambio de musculatura para cada uno de los tres deportes; que no se puede empezar a saco. Ah.. lo entiendo, le digo. Y me callo. Cómo me cuesta a mi enderezarme y andar después de dos horas de tele-sofá.

Cuando le veo pasar en la que no sé si es la primera o la segunda vuelta,  le hago la tercera de las fotos pactadas, cosa difícil porqué ya disfruta (es un decir) de un ritmo rápido. Por si acaso aquella  fuese  la última vuelta, abandono el nuevo punto de observación para dirigirme a meta en busca de un sitio con buena visibilidad para registrar la Entrada Triunfal de la Triatlón Sant Pol 2015, la más familiar y entrañable de las pocas que conozco. Pasan los minutos y él no llega. Quizás me he avanzado demasiado, no recuerdo el tiempo total que tenía previsto hacer. Y yo fiel, a pié de meta, sin moverme, por si a caso. Después me dirá que me ha estado buscando durante las dos últimas vueltas para recibir otra foto, sin éxito. Me riñe con una media sonrisa por haberle abandonado cuando más derrotado estaba. Constato que no recuerda que su madre es tan o más previsora que él. 

Finalmente el speaker, que lo conoce personalmente, por megafonía anuncia que MarTRI está llegando a meta. Me preparo a conciencia y pongo en modo vídeo la cámara de mi móvil recién estrenado. Pero justo en el momento estelar, el cuerpo y la cabellera rubia de la pija de atrás, se lanza sobre mi, barriéndome literalmente con su melena, sin miramiento ni consideración a mi edad, para conseguir una foto de su marido que está viniendo a siete metros de mi hijo. El foco de mi cámara es desplazado hacia el suelo, de manera que en MarTRI entra a meta sin ser registrado por la madre triatletera que lo parió, con la correspondiente semi-bronca del prota. Bronca que, rápidamente, intentaré minimizar sacándole en una, dos, tres y hasta cuatro fotos en sus típicas posturas post-carrera para ser colgadas en sus Facebook y blog.

Después, mientras él come su bocadillo caliente de lomo y yo mi tercer café, sentados al sol en el bar del Club de Petanca de Sant Pol,  hacemos balance, y acordamos que: él se lo ha pasado bien, ha recuperado forma y autoestima y yo me he oxigenado, he acompañado y apenas he sufrido. 

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