KAILUA KONA, HAWAII - OCTOBER 10: Taylor Knibb #8 of the United States celebrates after winning the women's 2026 IRONMAN World Championship on October 10, 2026 in Kailua Kona, Hawaii. (Photo by Sean M. Haffey/Getty Images for IRONMAN)
La estadounidense conquista su segundo título de la temporada en una carrera agónica, traidora y sin concesiones en la que Marta Sánchez termina decimotercera.
Taylor Knibb ya puede decir que sabe lo que es pasar del infierno al cielo en un año en el Mundial Ironman. El tiempo que separa su DNF más cruel de su victoria más dulce en Kona. Su victoria es esas que hablan de aprendizaje, también de ascensores de subida y bajada o cruce de caminos ese que ha experimentado con Solveig Lovseth como si fuera cuestión del destino. Un sino empeñado en atentar contra las ilusiones de Lucy Charles-Barclay y en aupar a una Marta Sánchez que esta vez sí pudo demostrar que está entre las mejores del mundo.
No hay historia idéntica allá donde se escriben los relatos de la Meca del triatlón, pero en la época actual la élite femenina parece destinada a compartir siempre un inicio común. Ese en el que Lucy Charles-Barclay independientemente de sus rivales, las condiciones y de su propio estado y sino final redacta su propia página en la Bahía de Kailua.
Este sábado, cuando todavía la luz trataba de abrirse paso en Hawái y pugnaba por ganarle tiempo al tiempo en Europa, la británica se abalanzó sobre el elemento marino en busca de un destierro voluntario, ese que puso tierra de por medio no con el título, sino con sus rivales en lo que tornó el primer capítulo del tira y afloja entre la voluntad de la primera por navegar en solitario el océano Pacífico Norte y hacerse con una isla propia para instaurar sus propias normas una vez tocase tierra y la necesidad de Taylor Knibb de no convertir los 3,8K en una batalla demasiado costosa en la que se vio acompañada por una extraordinaria Marta Sánchez.
La independencia de Charles-Barclay se saldó con una sangría que replicó casi las diferencias de hace un año y se adueño del mar con un 51:29 dos minutos más lentos que en 2025. Imbatible para el resto, pero más humana, y estas no obstante pudieron decir que seguían vivas. Especialmente ese dúo que tan bien habían ensamblado Knibb y Sánchez en el que la jirafa de su mono comenzó a asomarse a +1’26” de la inglesa. A sus espaldas, la pareja helvética conformada por Imogen Simmonds y Julie Derron junto a Hannah Berry podía sonreír al ceder ‘solo’ +1’40” y con ellas, se marcó el segundo gran corte entre las favoritas. Sensaciones que en menor grado podían compartir Lisa Perterer (+3’05”), Kat Matthews (+3’27”), Paula Findlay (+3’33”), Solveig Løvseth (3’59”) y Marjolaine Pierré (+4’24”) que vieron como reducían casi a la mitad su desventaja de un año para otro antes de subirse a la bicicleta. Algo que no podía decir Laura Philipp, ella sí sufrió en esos 3,8K iniciales y su lastre fue tan pesado como se miden +8’34” en contra.
Todo parecía seguir el patrón habitual, pero tan pronto comenzaron a pedalear se descubrió que el ciclismo de 2026 no iba a tener nada que ver con la batalla sin cuartel del curso pasado. Allá donde entonces Charles-Barclay peleó por mantener el pulso y mantener las distancias, ahora la británica fuera por cuestión táctica o cuestión física, abogó por abandonar cualquier trifulca, y allí donde los paisajes volcánicos tomaron protagonismo, evitó la erupción del mano a mano con Knibb. Sin parar, pero sin llevar su cuerpo al límite, la campeona de 2023 esperó lo inevitable, la llegada de la estadounidense, algo que se produjo al toque del primer cuarto del segmento.
Por detrás, también quedó evidente que el contexto era otro y, si bien, la reina del agua era irrefutable, la de la bicicleta podía tener nuevas contendientes: las suizas. Unas Derron y Simmonds que se atrevieron a volar bajo el radar del minuto y, quizá por ello, impulsada por ese afán de demostrar que aquel todavía era su territorio, Knibb elevó el ritmo en los siguientes kilómetros justo antes del ascenso a Hawi y sus 10,7K y 183m de desnivel. Su gesto tuvo repercusión inmediata y lo que era uno, se transformó en más de dos minutos de distancia, pero a diferencia de lo que podía aventurarse, Charles-Barclay se soldó a su rueda, aleccionada del pasado, carburando en el lugar donde en otras ocasiones había cedido tiempo y espacio, formulando un escenario inédito.
Tan inédito como momentáneo, la subida jugó su parte y repartió nuevas cartas para comenzar un nuevo capítulo dentro de una carrera que comenzó a romper las ententes establecidas. Se deshizo el dúo principal, aunque se reservó el derecho a replica de Charles-Barclay a medio minuto en el ecuador del segmento; destruyó la complicidad patriótica para separar en un minuto a Simmonds y Derron, que ya perdía más de tres con Knibb y Findlay le respiraba en la nuca; a cuatro Hannah Berry, Perterer y Rebecca Hollioake se quedaban solas ante una Matthews, Sánchez y Løvseth que peleaban por no cruzar la barrera de los seis minutos de perdida; mientras que Philipp resistía el pulso al lograr evitar el muro de los +10’ tras haberse dejado más de ocho en el agua.
Extracto breve de carrera porque la isla se empeñó en escribir guiones nuevos allá donde nadie los esperaba para crear fantasmas en el lugar y la persona más insospechada: Taylor Knibb. De forma repentina, el ritmo de la mejor contrarrelojista del mundo del triatlón caía tan abruptamente que la diferencia de un minuto con Charles-Barclay desapareció. Y si la estadounidense sufría con su cuerpo, Derron lo hizo con la normativa tras ser sancionada por drafting. La novatada hecha precio con la que una de las mayores ‘dark horses’ puso patas arriba sus opciones. Dos acciones casi consecutivas que alteraron el curso a falta de un tercio para colgar la bici.
Al súbito bajón le sucedió una reacción instantánea de Knibb. Como si nada hubiese pasado, como si lo acontecido apenas unos minutos fuera un mal sueño, la campeona del 70.3, recuperó su ritmo para reinstaurar su mandato. Esta vez, definitivo. Tanto que en su paso por la T2 el reloj marcó +3’06 favorable inimaginable unos minutos antes. impensable o no tanto como la remontada de una Løvseth (`4’48”) que desde la discreción partió a la maratón ya instalada en el podio.
Una posición de honor que comenzaron a perseguir Simmonds, Berry, Perterer y Findlay a cinco minutos. Improbable para unas mujeres cuyo fuerte no era la carrera a pie, pero no imposible en una platea como la de Kona. Como tampoco lo era soñar con una postrera exhibición de Derron (+9’11”) y Philipp (+9’52”) que les aupase a terreno noble desde el TOP10, pero iba a suceder.
Un lugar con el que iba a poder flirtear una Marta Sánchez (+13’46”) duodécima a la que podían superar mujeres como Matthews, pero a priori tenía la capacidad para derrocar a otras que le precedían.
Por delante 42,1 kilómetros plagados de viejos recuerdos para un trío delantero que, si bien su distancia se estrechó en el primer cuarto de maratón, parecía decidido a desterrar cualquier opción de repetir el dramático desenlace del curso pasado. Pero la isla como siempre tenía otros planes reservados. Más maquiavélicos, más dolorosos.
El primero para una Lucy Charles-Barclay que tras ser superada por la Lovseth se veía conforme con su tercera posición y un bronce que jamás iba a poseer porque en aquel rincón donde hace un año se deshacía en lágrimas junto a su entrenador (y pareja), era testigo de idéntica escena por segunda vez consecutiva. La alevosía en su máxima expresión se cebó con la británica.
La segunda la de una Solveig Løvseth encaminada a repetir el éxito de 2025, pero en esta ocasión sin drama delantero de por medio, inconsciente de que iba a ser ella la que esta vez lo iba a protagonizar. Porque de nada le sirvió haberse aproximado progresivamente a Knibb, recortarle los casi cinco minutos que les separaban al inicio del maratón y adelantarse a falta de ocho kilómetros. Esa engañosa distancia donde la teoría indica que la dinámica positiva se impone, pero la idiosincrasia hawaiana pauta un ‘ya veremos’ que esta vez se tornó ladino para con la noruega.
Y es que, a falta de menos de un kilómetro, allí donde aparentemente solo le restaba contar los pasos hasta la meta y celebrar con tranquilidad gracias al más de un minuto que le distanciaba de Knibb, Løvseth era la que acababa en la cuneta, tan destrozada como una boxeadora tras sufrir un KO en el primer asalto, pero siendo este el último. Porque el déjà vú se materializó no en Taylor, sino en ella, con las tornas cambiadas o tal vez en las mismas, haciendo perder el título a la líder sobre la meta, esta vez más cerca que nunca. El Kona más pérfido de la historia.
Quizá Knibb tenía razón cuando dijo que unos y otros relatos de Kona son diferentes, pero similares y hoy es ella quien vive la gloria que hace un año perdió y Lovseth la que sufre lo que antaño también vivió Paula Newby-Fraser.
Así es como Taylor Knibb (8:36:29) se alzó con el título que le faltaba. Ese que había rozado con la yema de las manos y esta madrugada se hace realidad para completar un 2026 mágico y un doblete que recuerda a los que hace más de una década Daniela Ryf acostumbró al mundo. Un Ironman más Ironman 70.3 que son una rara avis.
Detrás, Laura Philipp (8:39:34) sacó a pasear ese bazuca que tiene por maratón para entre DNF y DNF y ascenso meteórico sumar el primer subcampeonato a su palmarés y la cuarta medalla en un Mundial Ironman. Tras ella, la ‘dark horse’ cumplía con unos pronósticos que se complicaron con su sanción y Julie Derron (8:46:25) confirmó con su tercera plaza que estamos ante una de las triatletas más todoterreno de la actualidad siendo la vigente subcampeona olímpica, subcampeona mundial Ironaman 70.3 y bronce en larga distancia en su debut en Hawái.
Fuera de las medallas, pero inmersa por el TOP10 corrió una Marta Sánchez (9:10:25) que tras completar el maratón en 3:17:18 y pelear hasta el último momento por la undécima plaza con Elisabetta Curridori y Lotte Wilms, la catalana selló unTOP13 en Kona.
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