Regresa al calendario Triatlón Pálmaces un clásico del calendario cuya trigésimo primera edición renace tras enfrentarse y superar todo tipo de circunstancias adversas.
“Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos” escribió Borges en el Elogio de la Sombra. Corría el año 1969 y todavía estaba lejos cualquier atisbo de triatlón en Pálmaces, pero probablemente la prueba arriacense pueda sentirse identificada.
Suyas son tres décadas de historia, de evolución de un deporte y una provincia que en los últimos meses ha vivido bajo la sombra de una bandada de cuervos sobre el cielo cuyos graznidos se convirtieron por primera vez en vuelo en picado hace un año cuando su existencia pereció para renacer antes de ser víctima de las garras de la muerte y del olvido carroñero gracias de la mano rescatista de un escultor en forma de Ibarrola y el equipo de La Transición Podcast y una fecha marcada en rojo en el calendario, el 25 de julio.
Desgraciadamente no fue el rojo pasión, el de la brazada, el pedaleo o la pisada el que aquel día reinó en la Serranía de Guadalajara, sino el del fulgor de la destrucción de un velo ardiente que arrasaba desde el 16 de julio la comarca, la provincia en lo que ya es el peor incendio en la historia de Castilla La Mancha.
Más de mes y medio ha transcurrido desde que las primeras llamas devorasen La Mierla y su rápida propagación le hiciese alcanzar el nivel 2 en menos de 24 horas, se solicitase la intervención inmediata de la UME y se realizasen las primeras evacuaciones. El inicio de una tierra hecha infierno a la que todavía les restaba por vivir lo peor. El viento llegó para hacer de la situación algo incontrolable y el terror se instalase en el alma y mente de cada uno de los habitantes de la zona que vieron como con el transcurso de los días tuvieron que abandonar sus casas, las de 34 municipios, sin saber si todo por lo que habían luchado y vivido allí permanecerían intactas al regresar y los vecinos de otras 14 localidades quedasen confinados con el ‘ay’ en el cuerpo siguiendo el minuto a minuto de una lengua de fuego calcinaba hasta 32.000 hectáreas de paraje natural.
Se movilizaron hasta 239 medios de extinción y dirección (terrestres, aéreos y de coordinación) y obligó a trabajar a más de un millar de profesionales incansablemente durante 18 días y noches para sofocar un fuego que no se pudo estabilizar hasta el 24 de julio. El sosiego, ligero, se asomó dos días después con el regreso de los convecinos a sus hogares dos días después y la calma capciosa comenzó a ser algo tangible el 3 de agosto cuando las autoridades desescalaron a nivel cero de riesgo de un incendio en el cual que desde entonces se sigue trabajando mientras se sigue analizando cuál es su origen o qué o quién lo provocó. Pese a ello, aquello fue el inicio de una pesadilla y el comienzo de otra. La de la tiznada realidad presente y futura.
Porque la vida después de un incendio de esta magnitud es un abismo azabache en el que Caronte vestido de rojo se llevó consigo la música de la mariposa, el lobo y el ganado; el terreno forestal se ha convertido un cementerio de esqueletos vegetales ennegrecidos, de paradójico suelo humeante y piedra caliente; y extensión de carbón y ceniza y olor metálico gobernado por el silencio. El mutismo de una provincia de indeseada fotografía acromática, pero en cuyas mentes bulle frenéticamente las voces que cuentan las pérdidas económicas de la desaparición de pastos, cultivos y colmenas, pero también la de otros sectores cuyo horizonte se pinta de negro e incertidumbre. La de las ayudas, la de la reconstrucción, la de un porvenir ya de por si en el alambre en esa España vaciada y ahora también arrasada con espacio reducido para la esperanza cuya factura ambiental, económica y psicológica todavía no pueden cuantificar objetivamente.
También la de un paisaje que a su vez retrata crudamente los efectos de las carencias, el hastío de un dispositivo antincendios de Castilla-La Mancha diezmado y mutilado año tras año por los recortes de la administración. Unos tijeratazos de impacto directo y proporcionales a la desatención del entorno natural fuera de la temporada estival.
En una zona que cuenta por meses o años el tiempo para ver los verdaderos signos de recuperación, la horda de deportistas y familiares desplazados a Pálmaces de Jadraque y sus alrededores es una minúscula pero importante mota de color, un soplo de aire, que les acerca a la antigua activa cotidianidad que anhelan recuperar. Una acción que se alza entre las tinieblas que dejó la nube de polvo gris en el aire ambiental y social.
Cuando este sábado 5 de septiembre los participantes tomen la salida del Triatlón de Pálmaces no solo serán parte de una prueba deportiva, sino de un algo más en el que lo menos relevante será quiénes crucen primer y primera la línea de meta, sino hacerlo. Serán el resultado de la resiliencia de una organización y un pueblo – el guadalajareño – que no se rindió ante ninguna circunstancia, ni la financiera ni la de la naturaleza cuando todo abocaba a ello. Un seguir hacia adelante haciendo propio aquello que lo que se interpone en el camino se convierte en el camino y el suyo colecciona formas, cristales y ahora también fuego en una memoria que se sigue abriendo paso pese a todo.
Por eso, cuando recorran la zona este fin de semana y vean escritos los nombres de La Mierla, Semillas o Arroyo de las Fraguas entre otros comprenderán la dimensión de lo sucedido, también piensen que quizá, alguno de los triatletas con los que compartan momento tuvo que huir de su hogar o tal vez fue parte de aquellos que extinguieron las llamas o quizá de ese negocio que sufre las secuelas y cuando se queden mirando los paisajes del Parque Natural de la Sierra Norte y la Microrreserva Cerros Volcánicos de La Miñosa que hoy ya no son, pero esperan volver a ser, recuerden que también son parte implicada de ese ecosistema que le puede devolver una pizca de su existencia, pero también arrebatársela si no se es concienzudo con la protección del medio ambiente en el que la sensatez con la que uno actúa en el agua, sobre la bicicleta y en la carrera a pie también cuenta. Larga vida al Triatlón de Pálmaces y al Parque Natural de la Sierra Norte de Guadalajara.
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