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Marc Cornet – El atletismo no es solo cosa de hombres en Etiopía. Derartu Tulu fue la primera gran atleta del país con sus dos oros olímpicos en los 10.000 metros, en Barcelona’92 y en Sydney’2000.
Parte I

Un palmarés que se ha encargado de casi minimiza una prima suya: Tirunesh Dibaba, la que para algunos es la mejor fondista de todos los tiempos. Con 28 años posee ya 5 medallas olímpicas (oro en 5.000 y 10.000 metros en Pekín’2008 y oro en los 10.000 metros de Londres’2012; y bronce en los 5.000 metros de Atenas’2004 y Londres’2012) y el record del mundo de 5.000 metros en pista (14:11 15, logrado en Oslo en el año 2008). A su estela siguen nombres como su hermana mayor, Ejegayehu Dibaba, Tirfi Tsegaye, ganadora del Maratón de París (2012) y el Maratón de Dubái (2013) y Atsede Baysa Tesema, doble vencedora en el Maratón de la capital francesa (2009 y 2010) y del Maratón de Chicago (2012).

Los etíopes son gente afable, condescendiente con el extranjero, con el faranji, como ellos le llaman en amhárico. Después de la ocupación italiana, han padecido años de gobiernos déspotas. Primero con el Emperador Haile Selassie, en el poder hasta septiembre de 1974. Después con la dictadura comunista a manos del Derg, el Ejército etíope, y dirigida por el teniente coronel Mengistu Haile Mariam hasta 1991. Y desde entonces, una democracia incipiente a manos de tecnócratas que nunca ha pasado de ser nada más que una dictadura encubierta con el velo de la democracia. Y los etíopes nunca se han rebelado contra este poder injusto. Pero han forjado un carácter orgulloso, duro. Se sienten parte de un país, Etiopía, que ha sido el único no colonizado de todo el continente africano. Y los atletas son el escalafón más alto de este orgullo de un pueblo etíope que se evade a través del atletismo. Bikila para los más viejos. Gebre o Bekele para los más jóvenes. Incluso Tirunesh Dibaba para las mujeres. Ídolos de todo un país que vive el atletismo como una cuestión de estado. Cuando hay una gran carrera, como una final de unos 10.000 metros de unos Juegos Olímpicos, la plaza más grande de Addis Abeba, Meskel Square, se llena de un gentío ataviado con los colores verde, amarillo y rojo de la bandera del país. El atletismo les ayuda a olvidar, por unos instantes, una realidad teñida de pobreza. Les ayuda a no hacerse preguntas, a no cuestionarse nada. A no pensar.

¿Por qué corren los etíopes?

¿Por qué corremos? Una pregunta que se ha convertido en una especie de obsesión para algunos. Sobretodo para aquellos que son profanos en la materia. Y, de bien seguro, podríamos encontrar respuestas tan variopintas como corredores existen. Dejando de lado si es necesario contestarla para seguir sumando quilómetros (a mi modo de ver, es una cuestión sin sentido) esta pregunta tiene una única respuesta en el caso de los corredores etíopes en concreto y de los africanos en general. Correr es para ellos una forma de vida, de subsistencia, de salir de la miseria. En el caso de Etiopía, por ejemplo, cada año decenas de jóvenes atletas participan en la Great Ethiopian Run, la carrera popular más importante de Etiopía y una de las más importantes de todo el continente africano. 10 kilómetros por las calles de la capital Addis Abeba que pueden dirimirles un futuro mejor. Con una buena carrera, pueden llegar a conseguir contratos para correr en Europa y salir así de la miseria en la que viven en su país. Son los mismos chicos que entrenan a diario por las cuestas de Entoto (la montaña que envuelve Addis Abeba a más de 3.000 metros de altura), emulando a su gran ídolo Gebre. Muchos de ellos corren descalzos y, en realidad, lo que están haciendo es correr tras las huellas que un día marcó Abebe Bikila. No tienen ni un solo birr para hacerse con un par de ellas. Pero esto, en su caso, no supone un acicate. Sin tan siquiera saberlo, dan la razón al gran Bikila, “las zapatillas molestan para correr”.

Marc Cornet
Periodista, escritor y maratoniano
@Marc_Cornet

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