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Los deportistas somos gente que por un extraño motivo nos encanta que nos vengan a ver a las carreras. Competimos porque tenemos ganas, pero en muchas ocasiones parece que exigimos a la pareja, los familiares y los amigos que nos vengan a animar, que sin su apoyo no podremos terminar nuestro reto. Nos esforzamos, sufrimos pero logramos ciertas recompensas. ¿Pero y ellos? ¿Qué pasa con ellos? Este artículo quiere ser un homenaje a todos los que en alguna ocasión u otra nos han tenido que acompañar y animar.

Cuando empiezas a hacer triatlón los amigos y los compañeros de trabajo alucinan. ¿Tú, que hace nada te quedabas sin aliento corriendo 20 minutos? ¿Tú, que eras el que cerraba el local de noche y bebías unos cuantos vasos de tubo, que no estaban llenos de isotónico precisamente? ¿Tú, que te encantaba sentarte en el sofá a observar cómo pasaba el tiempo, mirando fijamente una caja grande con personajes insignificantes dentro? Pues sí. Y no sólo haces triatlón sino que decides, en pocos meses, preparar un reto que nunca hubieras pensado: hacer una media IRONMAN. En tu casa te dicen, «esto queda bien, pero ¿qué es?». «Pues nadar 1.900 m, hacer 90 km de bici y terminar corriendo una media maratón». «¿En cuántos días?» te dicen, y respondes «intentaré hacerlo en menos de 6 horas”. Al tratarse de un gran reto puedes reclamar ayuda en casa y les haces saber que serías súper feliz si te vinieran a animar. Pero, ¿cómo viven ellos la previa y el día de la carrera? Vamos a verlo.

La pareja

Al principio te anima a intentar el reto. Te ve feliz y eso le gusta. Pero el entrenamiento, que empieza siendo suave para ir cogiendo tono, se va complicando y cada vez son más horas al día. Empiezas a hacer dos sesiones diarias y ella no acaba de entender como todavía tienes fuerzas para seguir manteniendo el mismo ritmo de vida. Eso sí, ve con el ceño fruncido que te duermes cada vez más pronto.

Poco a poco vas cambiando la alimentación y comes más arroz, más pasta, bebes menos alcohol… Cuando ella te propone ir a cenar a un restaurante o abrir una copa de vino le dices que mejor que no, que mañana toca entrenamiento. Si un día vais al restaurante te pasas media cena hablando del nuevo tema (y único) que se ha instalado en tu cabeza: hablas de bicicletas,  de los metros que has nadado esa semana, de los km que has hecho en bici… El vino y la cena no le sienta muy bien y ya no te vuelve a insistir de salir a cenar.

Las facturas del entrenamiento se notan: ahora me duele aquí, ahora allá, y ella te mira con una cara de «¿quieres decir que te compensa eso?».

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Y llega el fin de semana del triatlón. Tenemos que estar allí el día antes para dejar la bici y todo el material a punto y por eso, reservamos un hotel. Pero no es una escapada romántica con habitación de lujo, con pétalos de rosa en una cama XXL y una botella de cava en fresco, no.

Allí nos encontramos con otros triatletas. Es un ambiente sano pero quizás demasiado sano, piensa ella. Y encima la llevas todo el día de un lado a otro: ahora vamos un momento a ver el circuito de bici, ahora vamos a buscar el dorsal aquí, ahora vamos a dejar las bicis en boxes … Y llega la hora de la cena y no vamos a comer bien, no, vamos a la Pasta Party con 500 triatletas más a seguir escuchando como hablamos de triatlón, de bicis, de zapatillas… comiendo un triste plato de pasta fría en un plato de plástico, cubiertos de plástico y mesas comunitarias.

Y, claro, toca ir a dormir temprano. Nada de romanticismo, a las 10 a roncar que tengo que madrugar. Por suerte para ella podrá dormir un poco más. Me dice tú a lo tuyo que yo vendré a verte cuando vayas en bici. La miro con cara de pena pero a la vez de comprensión.

Los días previos les has vendido bien la moto diciéndole que ver un triatlón es mejor que cuando te venía a animar en las medias maratones y maratones que sólo me veía pasar un momento. «Ahora me podrás ver cuando entre en el agua, cuando salga, y tanto en la bici como en la carrera a pie hago más de una vuelta. No te puedes quejar del cambio! «. No sabes porqué pero este razonamiento no la convence.

La competición ya está en marcha y por el punto de circuito de bici donde está ella empiezan a pasar corredores. Y, mira por donde, yo todavía no he pasado. Después de ciertos minutos de mareo intentando hacerme identificar entre los competidores paso por delante de él y me hace un gran grito de ánimo. Y yo, que estoy concentrado, no le vuelvo contesta. ¿Por eso vengo? piensa. La odisea continúa en cada vuelta y  se está tostando al sol y aburriendo.

Empiezo a correr y sigo concentrado, pero ahora con más mala cara. La misma mala cara que se le está quedando a ella, pobrecita. Después de un sufrimiento final como no recuerdo otro, llego a meta destrozado. Le hago un besazo. Menos mal, piensa. Lo necesitaba. Su apoyo ha sido increíble. Sólo el hecho de saber que estaba allí me ha llenado de fuerzas extras para poder terminar la prueba.

Después de 10 ‘intentando recuperar el aliento me viene una subida de ánimos. Tengo las endorfinas al nivel máximo y no paro de hablar y de explicarle cómo ha ido la prueba. Y encima no puedo conducir. A la vuelta debe conducir ella. Yo sigo hablando y ella empieza a tener dolor de cabeza. Pero me ve feliz y eso la hace feliz.

Los padres

Cuando comento a los padres que te has marcado este reto lo primero que les viene a la mente es «¿por qué?» «Ya lo tienes claro». Y enseguida empiezan a sufrir porque no me pase nada en la carretera, que no me canse demasiado, que no me haga daño corriente, que no me ahogue mientras nado en el mar…

Los regalos de Navidad, de cumpleaños y los que pueda pillar, siempre pido cosas de triatlón. No saben dónde comprarlo y lo voy a comprar yo mismo.

El día de la competición no saben qué hacer mientras estoy en el agua. “¿No tarda demasiado, quizás le habrá pasado algo?”. Salgo del agua y ya se preocupan por la cara de sufrimiento y desencajado que me ha quedado al salir del agua. «¿Seguro que está bien?» No saben que esta cara es de concentración y un poco del agua fría.

No saben dónde ponerse para animarme, ¿a la izquierda o a la derecha? Y es que para situarse al lado correcto casi hay que tener un master, con tantas vueltas que hacemos. Es difícil cruzar por medio del carril sin que te arrolla un corredor y por tanto me animan como pueden y desde donde pueden.

Cuando llego destrozado a meta se preocupan aún más. No les pasa hasta que no estoy riendo y charlando y digo «en medio año quiero hacer otra». «¿Estás seguro, hijo?».

Me ven la medalla colgada al cuello y me dicen, «felicidades hijo, que bien, has ganado». Les digo que no he ganado, que esta medalla la dan a todos los que hemos terminado.

Los compañeros de equipo que no compiten

Estos son los que lo tienen mejor. Comparten la misma enfermedad y saben cómo moverse. Es cuestión de hábitos. No les importa madrugar, quieren disfrutar del ambiente que se respira en una carrera.

Se mueren de envidia cuando nos ven competir, ellos quisieran estar en nuestra piel. Pero cada vez les va pasando esas ganas de competir al mismo ritmo que ven las caras de sufrimiento de los corredores y las ráfagas de viento que hacen difícil aguantarse encima de la bici. «Sabes qué, ya me va bien no competir hoy “dicen.

Acabas el reto, con las piernas destrozadas pero te cuelgan una medalla con la palabra FINISHER bien grande. Te la dan a ti, y no a ellos, los auténticos sufridores de las triatlones. Se han pasado casi 6 horas al sol, sin los isotónicos, barritas, ni geles y todas las atenciones que hemos tenido nosotros. Estamos contentos porque han venido y nos han animado en todo momento. Ellos sí que se merecen estas medallas y camisetas. Se lo merecen todo. Tal vez incluso se merecen no volver a venir a animarnos en la próxima triatlón

@martilopezvila

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