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Llevas tiempo haciendo triatlones, quemando etapas progresivamente, cuando te planteas hacer el TRIATLON con mayúsculas, el conocido como “Ironman”. Lo comentas con la familia y amigos, les pides comprensión y ayuda. Va a ser un camino largo, y tod@s van a tener que poner de su parte, y aunque te miran con cara rara, asienten con la cabeza. Van a estar a tu lado y eso te reconforta.

Con determinación y entusiasmo, empiezas a entrenar a lo largo de (como mínimo) seis meses, seis días a la semana, combinando las tres disciplinas con sesiones de fuerza, trail running, crossfit y demás prácticas, para consolidar una buena base. Pides cita a una nutricionista, que te va a mostrar todo lo que no vas a poder comer durante seis meses si quieres levantarte cada día con la energía suficiente para realizar otro entrenamiento y perder ese quilito que te sobra, y que te hará correr más liger@ durante la maratón. En las sesiones de natación, incluyes ejercicios de técnica, aburridos pero necesarios; en las salidas en bici, trabajo de cadencia, comprobando lo frustrante que es dar pedales con el plato pequeño yendo en llano; entrenas la carrera a pie, buscando zonas con poca gente para practicar las zancadas, saltitos, braceos y el correr de puntillas, que más te hacen parecer un bailarín de ballet que un gran corredor. Llegas a casa cada día, cansad@, y sonríes al mirar el calendario, porque te quedan sólo cuatro meses. Y al día siguiente, te levantas, quizá una hora antes de lo usual, para poder salir a correr antes de ir a trabajar, porque empiezas ya a doblar entrenos, y por la tarde tienes también natación, así que llegaras a casa sobre las 22h.

Pasan los días y las cargas de entreno empiezan a ser mayores. De seis pasamos a siete días semanales, doblando sesiones uno o dos días. Los fines de semana, hipotecados. Sesiones de cinco o seis horas sobre la bicicleta que te reducen el sábado a un suspiro, bien hondo, porque el domingo toca transición. Y llegas al mediodía, tras la bici y haber corrido 12 km, justo para la comida familiar, cuando de lo que tienes ganas es de echarte una buena siesta. Y por la noche, tras pasar el feedback semanal a tu entrenador, recibes con alegría disimulada el nuevo plan de entreno para la siguiente semana, y mentalmente te haces un croquis de cuál va a ser el horario. Otra semana más a piñón.

Los días van cayendo en el calendario, y poco a poco se acerca el día D. El último mes es horrible. Quieres que acabe ya la pesadilla. No aguantas un entreno largo más. Tu familia te pregunta, por enésima vez, a qué hora vas a aparecer y qué tienes que comer; tus amig@s, que si vas el viernes a la cena, a lo que vuelves a darles una negativa: el sábado te esperan seis horas y media en bici, acoplad@ el máximo tiempo posible y visualizando. Y el domingo, tirada larga de carrera a pie. Y cuando preguntas si alguien te acompaña, ni que sea en bici, se ríen, te animan, pero evitan tu mirada…

Llega ya la última semana. Tienes un cuerpo envidiable. La nutricionista te ha dado el plan de acción: carga de hidratos a tope. A ver si me voy a engordar, después de lo que me ha costado el figurín. Te planificas todos los suplementos que vas a tomar el día de la carrera y memorizas en qué kilómetros el gel es con cafeína y las barrita de arándanos, que llevas meses comprobando que te sientan mejor que las de chocolate; compras un bote de tu isotónico para usarlo en carrera, porque no sabes si te va a sentar mal el que te de la organización. No vas a jugártela ahí. Cada noche repasas todo el material, expuesto de manera ordenada en la habitación de los trastos (donde tienes la bici, el rodillo, el fit-ball, el trx, el bosu, las gomas…), y visualizas como vas a ir usándolo a lo largo de la carrera. Ya lo tienes todo preparado. Nada va a fallar. Es tu primer ironman, sal a disfrutar.

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El día 15 de mayo pedí el día libre en mi trabajo. Quería llegar tranquila a L’Ampolla, donde al día siguiente iba a participar en mi primer Ironcat. Antes de cargar el coche, salí a trotar un poco alrededor de mi casa, y el viento soplaba con muchas ganas. Si en Reus soplaba así, no quería ni imaginar lo que estaba pasando 60km más al sur… Regresé a casa, me duché, cargué el coche y salí hacia mi destino. Al llegar a L’Ampolla, no me lo podía creer. El viento no te dejaba avanzar al andar por la calle, el mar estaba movido, y las vallas que la organización estaba montando en boxes, volaban como si fueran de papel. Estaba mentalizada para competir con viento, pero aquello era un huracán. Y las previsiones del tiempo no eran demasiado optimistas.

Los triatletas iban llegando, y las caras y comentarios, eran de preocupación y asombro. En la recogida de dorsales, se comentaba que no había soplado en toda la semana y que, de seguir así, habría que olvidarse de tiempos y, simplemente, sobrevivir.

El briefing empieza tarde, y lo hace con una tremenda noticia: se baraja la posibilidad de anular la prueba, ya que no puede garantizarse la seguridad de los participantes. Personalmente, es una noticia que me tranquiliza, pero a la vez, me empieza a hundir. La organización ofrece un plan B: nadar 3800m y correr una media maratón. Pero yo no he venido a eso. Sin desmerecer las distancias, pero yo no he venido a entrenar. Así que tomo la determinación de que, si la opción es esa, no estaré en la salida. A partir de entonces, todo lo planificado se me desmorona: la cena, la hora de dormir, la preparación del material… Yo ya tenía claro que ese ironman no iba a disputarlo, el viento y las previsiones así me lo indicaban, por lo tanto, desconecté. Me sabía muy mal por toda la gente que había venido a verme, mi familia, mis amig@s, mis compañer@s, por los esfuerzos que habían hecho tod@s por mí, y por todo el tiempo invertido.

Me fui a la cama sin preparar nada, y cuando el despertador sonó a las 4:30, no había pegado ojo. El viento no había dejado de soplar con fuerza durante toda la noche. No habrá Ironcat. Al menos, no habrá bicicleta. Empiezan a llegar mensajes al móvil: no bajes la bici, anulan la prueba, esto es una locura… Y mis ánimos van de bajada. Llegamos tod@s a boxes y no hay nadie de la organización que dé la cara, no sabemos qué va a pasar. A las 7:30h aparece el director de carrera, y se hace el silencio. Nos comunica que la organización ha decidido suspender la doceava edición del Ironcat, debido a los fuertes vientos con rachas de hasta 100km/h en el circuito de bici y a las corrientes y remolinos en el mar. Las caras, un poema. Incluso hay lágrimas en algunos ojos. Éramos unos cuantos los que debutábamos en la distancia y, quien más, quien menos, se había sacrificado mucho para llegar en condiciones a la línea de salida. El organizador prosigue, informándonos que se nos va a reembolsar la mitad de la inscripción y que, en la edición siguiente, tendremos el 50% de la prueba pagado. Dentro de lo malo, es una buena noticia, y la acatamos con un gran aplauso.

A partir de ahí, nos invade a tod@s un sentimiento general de decepción, de andar perdidos, de “y ahora… ¿qué?”. Muchos meses de entrenos y de sacrificios que han desembocado en nada. Poco a poco, la multitud se desvanece entre murmullos y el Ironcat 2015 se queda en lo que pudo ser y no fue. Sólo nos queda buscar alguna otra prueba para desquitarnos, para darle utilidad al entrenamiento realizado y dejar lo pasado en un recuerdo con sabor amargo.

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